Emprendimos nuestro viaje hacia Tolú, la primera parada hasta El Cabo de la Vela. Era el primer viaje que Julián y yo hacíamos en... Nuestro primer viaje: experiencia inolvidable

Emprendimos nuestro viaje hacia Tolú, la primera parada hasta El Cabo de la Vela. Era el primer viaje que Julián y yo hacíamos en su moto y nos sentíamos muy ansiosos.

Salimos de Medellín casi a las 9 a.m. con un buen clima hasta llegar a las inmediaciones de la estación Niquía, donde una fuerte lluvia hizo que nos detuviéramos para ponernos los impermeables, con tal gracia de que 2 Km más adelante el sol saliera muy radiante y nos hiciera parar nuevamente (aprovechamos para tanquear, comprar agua y algunas chocolatinas). Nuestro primer viaje estaba muy cerca.

La carretera está muy bien, pero el único inconveniente es que no es doble calzada y, aunque algunas curvas eran buenas para manejar, lastimosamente la vía contaba con vehículos de carga pesada. El paisaje fue un regalo para nosotros con una vista despejada y clara de la parte norte del Valle de Aburrá, verde y plano a pesar del nivel de contaminación que azota a la ciudad.

Nuestra primera parada fue Yarumal, un estadero a las entradas nos recibió con una buena bandeja paisa para Juli y un rico pollo asado para mí. Después de comer, tomamos una buena carretera hasta el punto llamado Ventanas, un trayecto que goza de la fama de tener poca visibilidad, pero el reto que nos presentó fue una gran congestión vehicular hasta Caucasia (50 Km), lo cual hizo el viaje un poco agotador y pesado. Dando gracias que al ir en la moto pudimos evitar la mayor parte del trancón y no tuvimos que estar represados allí, en ese momento pensé “pobres los que están allí, con eso se le amarga el paseo a cualquiera”. Por otro lado, 100 puntos para Bombón (ese es el nombre que Juli le puso a su moto).

Empezamos a seguir el camino al lado del río Cauca, unas partes donde los colores del río se mezclaban y daban un espectáculo a nuestros ojos. Las ventajas de viajar en la moto es que sientes y convives con el entorno que recorres, tienes la posibilidad de detenerte a observar los paisajes sin presiones de nada. La entrada a Tolú fue algo tediosa, estábamos cansados, no tanto del viaje, sino de los tiempos de parada que tuvimos que aguantar por el represamiento de 50 Km que dejamos atrás. A pesar de viajar con GPS, nos perdimos un poco entrando a Tolú (bueno, en todos los lugares nos perdimos en la entrada), llegamos a el Hotel a las 8:30 p.m., teníamos planeado llegar más temprano y disfrutar del atardecer pero algo que nos dimos cuenta fue que a pesar de planear el viaje cuidadosamente, los imprevistos estuvieron ahí a la orden del itinerario, pero que nos demostraron que estos muestran como nos comportamos frente a las dificultades y eso fortalece cualquier relación.

Al día siguiente partimos a las 8:30 a.m. de Tolú, nos perdimos al salir. El GPS nos mostraba un camino en carretera destapada el cual no quisimos tomar porque Bombón no necesitaba estar expuesta a esto y preferimos preguntar a las personas del lugar y también nos dimos cuenta que dejamos algo demasiado importante en el hotel, o sea que al final fue bueno perdernos. Nuestro siguiente destino era el Parque Nacional Tayrona, la carretera un poco fracturada a la salida de Tolú y después, cuando tomamos la carretera hacia Barranquilla, nos topamos con una carretera con algunas curvas que Juli tomo bastante bien y, como era de esperarse, un paisaje maravilloso: el río Magdalena se empezaba a mostrar en toda su magnificencia.

A la entrada de Barranquilla no tomamos la dirección indicada e ingresamos a la ciudad; en pocas palabras: nos perdimos. No fue algo malo, aprovechamos para almorzar y comprar agua (aunque recomendamos mejor algún hidratante o suero), de lejos vimos el puerto de Barranquilla, nos maravillamos con sus grúas y barcos enormes, era la primera vez que yo veía algo así, y al ser los dos apasionados por la ingeniería, este tipo de paisajes nos emocionan mucho.

Rumbo a Tayrona, la carretera Barranquilla – Santa Marta nos retó con sus vientos. Íbamos a 140 Km/hora y la moto se movía un poco, lo cual hizo que Juli disminuyera la velocidad para estar más seguros. El paisaje cada vez nos enamoraba más, el mar a nuestro lado izquierdo, las olas reventando en la costa es un panorama que para uno que vive en el centro del país es hipnotizante. Íbamos a la carrera porque lo que leímos del Tayrona decía que la entrada era solo hasta las 5:00 p.m. (lo que no sabíamos era que eso solo aplicaba para la gente que no tenia la entrada comprada, nosotros fuimos muy precavidos con eso, ese tipo de cosas no se deben dejar al azar).

Teníamos presupuestado 10 km después de Santa Marta a la entrada al Tayrona, a la primera entrada. Nosotros entrabamos por la última y se nos fue en 1:30; un poco cansados queríamos solo llegar a dormir y disfrutar del lugar. Entramos al Tayrona y nos perdimos nuevamente, nuestra playa era un lugar llamado Castilletes y no lo sabíamos, pensábamos que era en Arrecife, la cual está a 40 minutos de donde dejábamos la moto caminando o por una “módica” suma de $40.000 podíamos disponer de unos caballos para entrar. Afortunadamente descubrimos a tiempo dónde era nuestro lugar de hospedaje, el cual estaba muy cerca de Bombón y, con solo con mirar por la ventana, podíamos echarle ojito y descansar de nuestro trayecto.

Ana María Llano Bando Colaboradora

Creo firmemente que si la vida nos dio la posibilidad de movernos por el mundo es porque cosas grandiosas nos aguardan en cada viaje que decidamos emprender y viajar en moto me ha permitido tener más intimidad en cada viaje que he podido realizar, sentir la brisa, poder ir al ritmo de la carretera. Aquí nace mi pasión por las motos, porque me siento con la oportunidad de estar cerca a todo lo que el mundo tiene para ofrecerme

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